Nadanunca

Sep. 1st, 2011 08:07 pm
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Pues, como comentaba el otro día, lo único que hace falta para escribir es ponerse a escribir. ¿Que el otro día dije que eso era una locura? Venga ya! Yo jamás diría eso.

Aunque seguro que ella no se acuerda, con razón, esto responde a petición de [info]evalangui hace cosa de un año: Carta escrita para no ser enviada. Creo que la opción que ella proponía (carta de hijo a sus padres) era de lejos mejor opción y menos gastada que la que yo he elegido pero esto es lo que ha salido.
No me gusta demasiado pero escribir tres páginas seguidas después de más de un mes sin ser capaz de construir una frase... es un maldito oasis en el desierto para mí.

Aquí os la dejo.

 

Entre todas las cosas que nunca he podido decirte, destaca que te quise mucho. Tampoco es que quisiese decírtelo, pero supongo que sería número uno en una lista clásica de cosas no dichas.

No tenía sentido decirlo.

Porque era obvio.

Y porque tú no habrías entendido lo que sentía. Al menos no con un simple “Te quiero”. A mí me habría dolido sentir que no me creías (lo de que no me querías, por supuesto, también era obvio).

A ti, si acaso, te habría hecho daño creerme. Oírlo incluso sin creerme. Una situación incómoda que supe ahorrarte.

 

No, no lamento no haberte podido decir nunca que te quería. No pensaba en ello siquiera.

Tanto como te quise, tantas cosas que imaginé, tantas palabras, tantas conversaciones en lugares reales e imaginados donde estuvimos y nunca estuvimos juntos, y los “Te quiero” no estaban ahí. Las palabras, las ocho letras que se supone dicen tanto.

De todo lo que no tuve contigo, de todos los sueños nacidos para ser sólo sueños, condenados a desvanecerse en mi mente con el paso del tiempo, eso es quizá lo único que no lamento no haber tenido.

O quizá lo único que pude tener, tan poco que no lo quise: El tonto hecho de decirlo.

 

Pero yo te quise, como sabes, y como no tienes ni idea.

 

Dado que tú no me querías, como comentaba, todo lo que soñé contigo estaba condenado a no existir. Creo que eso es algo que sí he querido contarte, desde siempre: Todas las historias que creé a tu alrededor. Todas aquellas historias imposibles, algunas decididamente ridículas e inverosímiles.

Porque, esto tiene gracia, si la historia era lo bastante inverosímil, el hecho de imaginar que me querías no destacaba en su inverosimilitud.

Así que, en mi imaginación, tú y yo hemos naufragado en islas desiertas, hemos sido los últimos supervivientes sobre la Tierra, hemos estado condenados a entendernos en terribles luchas contra extraterrestres y, en resumen, cualquier otra situación absurda que hayas visto mil veces en alguna película malucha en que los protagonistas se enrrollan “por necesidades del guión”.

 

Querría contarte eso y partirme de risa contigo, reírnos juntos de lo tonta que fui y demostrar así lo superado que lo tengo, o lo que sea.

 

Los otros sueños, igual de inverosímiles pero tan sólo por el hecho de que no me querías, serían más difíciles de contar. Cosas como que imaginé mil veces que te besaba en aquella calle cuando nos encontramos por casualidad una tarde de junio, que tú no recuerdas y yo sí. La recuerdo perfectamente. Recuerdo a dónde iba, de dónde venía, que había petunias en los balcones y hacía calor pero aún no demasiado, y al verte quise acercarme, abrazarte, besarte e invitarte luego a un café o algo así. Por supuesto, te saludé con la mano y seguí caminando.

Hay muchos más recuerdos de ese tipo, tengo una montaña de ellos aquí dentro, recuerdos exactos de las cosas que ocurrieron y de las que no en tantos momentos sin relevancia aparente. Sin relevancia para ti.

 

Me costaría contarte, ni siquiera sé exactamente por qué, esas cosas que nunca ocurrieron. Cosas que podrían haber sido si tan sólo no hubiese fallado ese detalle: Tú no me querías.

He pensado tanto en la imposibilidad que arrastra ese hecho, las millones de imposibilidades que provocó, todos los nuncas derivados de ello.

Todos los nuncas, son tantos, tantísimos, uno por uno, cada uno único, agolpándose en un amorfo acúmulo de sueños inútiles. Las cosas que no fueron, porque no pudieron ser, porque (y sólo porque) tú no me querías. Tardes viendo películas sentados en el sofá, silencios mirándonos a los ojos, acariciarte porque sí sin motivo ni excusa, contarte algo que me ha ocurrido, contarte lo que he soñado, dar vueltas tontamente a si te llamo o espero a que llames tú, discutir porque has malinterpretado algo que he dicho y no puedo creerme que no te des cuenta de cuánto te quiero y que jamás diría algo con intención de hacerte daño, llevarte un vaso de agua a la cama cuando estás enfermo, esforzarme en no llorar al ir a despedirte a la estación, no tener que disimular la alegría al ir a buscarte a la estación, pedirte consejo, arroparte dormido, quitarte una pelusa del jersey... tocarte sin miedo.

Cosas así, cosas imposibles. Sueños inverosímiles.

Páginas en aquel diarío que una vez quise escribir sobre las cosas que nunca hicimos juntos.

 

A veces me pregunto qué ocurriría si pudiese contártelo, si hubiese escrito ese diario y pudiese entregártelo ahora, años y todo superado después. Pienso en películas maluchas en las que pasan cosas así y cómo se supone que eso es algo bonito.

Como decir “Te quiero” a quien no te corresponde, ¿verdad?

Pienso en que alguna vez, seguro, te ocurrió lo mismo con otra persona y pienso que me entenderías. Pienso en qué ocurriría si yo estuviese al otro lado, si alguien del pasado a quien apenas recuerdo me contase todo lo que sintió, todo lo que no tuvo conmigo.

Creo que los cánones dicen que es para sentirse halagado.

Nunca tuve la posibilidad de contarte lo que opino de ese rollo sobre lo halagador que es que alguien a quien no correpondes te quiera. Uno de los nuncas somos tú y yo riéndonos de lo ridículas que son esas ideas.

¿Qué puede tener de halagador una montaña de nadas y de nuncas y de sueños muertos antes de empezar a imaginarlos y de pequeñas cosas fáciles pero imposibles y de profundos vacíos que ha sentido una persona ante cada uno de ellos?

 

Supongo que lo entenderías, doy por hecho que lo entenderías, doy por hecho que te has sentido así alguna vez, son... cosas que todos sabemos en mayor o menor medida. Que hay sentimientos inútiles, sin salida, sin origen lógico, sin sentido, probablemente ningún sentido, sencillamente ocurre, sencillamente los sentimientos se niegan a obedecer a razones de “no puede ser”, los sueños no se guían por lo que es posible y lo que no, uno no desea sólo lo que puede tener. Todos los sabemos, como que el cielo es azul o que algún día tenemos que morir, apetezca o no.

 

Bueno, es obvio que no te voy a enviar esta carta (ni que fuese dirigida a ti, ¿verdad?) ¿De qué serviría? A ti o a mí, ¿de qué nos serviría que lo supieses?

 

Nunca te dije que te quería y nunca, ni por un momento, ni en un sueño de los imposibles, nunca me he arrepentido. Decírtelo habría sido tan inútil como lo fue quererte.

Tú no sentías lo mismo, nada que hacer, imposibles y nuncas que marcaron mi vida y que no tuvieron relevancia ninguna para ti. Tan claro como un cielo azul.

Querría soñar que no podrías entender lo que se siente y estoy segura de que lo entenderías.

Es como son las cosas.

 

El caso es que, después de haber pensado tantas veces en qué te diría si volviésemos a encontrarnos o qué te escribiría si supiese a donde mandar una estúpida carta, anónima o no, o si naufragásemos en una isla desierta (menos dañino para el resto de la humanidad que la posibilidad de ser los únicos supervivientes en la Tierra o un ataque de malvados extraterrestres) y tuviésemos horas y años para hablar de todo lo habido y por haber mientras sobrevivíamos a base de cocos y...

Bueno, eso, que qué te contaría si pudiese, creo que elegiría hablarte de cualquier cosa menos de lo que sentí por ti. Las inmensas consecuencias, los montones de nadas-nuncas-imposibles derivados de los dos pequeños hechos: Yo te quería, tú a mí no.

Cualquier otra cosa menos eso.

Quizá, quien sabe, si realmente sobrase tiempo para que me escuchases al son de las olas en una playa desierta o entre el ruido del tráfico en una vulgar terraza de cafetería, te contaría una historia de amor no correspondido y de pasión inútil que se pareciese lo menos posible a la mía, que no tuviese nada que ver conmigo ni, como de hecho ocurre en ésta, contigo.

Y a ti te emocionaría, te entretendría, te parecería romántica o bonita. Porque es como nos han enseñado que son esas historias.

 

Nada de no te besé una tarde de junio (ni nunca, para ser más exactos).

Nada de quise tocarte día tras día durante años, pero no podía. No habría tenido importancia, claro, todo el mundo se toca, sólo la mano en el hombro o algo así (tú sí me tocabas a mí) pero yo no podía porque lo deseaba demasiado y... todo eso.

Nada de todos los nuncas.

Una historia ajena, como lo es ésta para ti, eso te contaría. Creo que eso sí me gustaría contarte.

 

Sólo que, no sé, igual luego te pararías a pensar y dirías algo así como “Es una historia muy bonita esta que me cuentas del amor no correspondido, pero el caso es que cuando ocurren esas cosas en la realidad no son nada bonitas, ¿verdad?”

Y entonces yo me echaría a llorar y no sabría parar. No sabría. E igual me abrazarías, con tu mejor intención, para consolarme, y ya no podría parar de llorar.

Y supongo que, tarde o temprano, tendría que darte una explicación al respecto. Y, esto no lo sabes pero, me explico fatal cuando estoy llorando.

 

Pero, ¿qué más da? Nunca naufragaremos en una isla desierta, nunca te enviaré esta carta ni ninguna, nunca nos volveremos a ver y, si ocurre, hablaríamos de cualquier cosa (cualquiera) salvo de lo que sentí por ti. Nunca nada, que es lo que siempre ha sido de las cosas que he soñado respecto a ti. Nunca nada.

Quizá, si acaso, podría darte las gracias porque contigo (aunque sin tu participación ni responsabilidad ni nada de nada en definitiva) aprendí unas cuantas cosas. Contigo aprendí, que dice el bolero. Lo que significaba nunca, lo que significaba nada, que sueños preciosos pueden saber a sal y a vacío.

Lo que se siente en una situación así, y montones de cosas más derivadas, muy útiles algunas, así que gracias, las cuales tampoco tendría sentido decirte.

 

Una carta sin sentido, de principio a fin, es esto. Tantas cosas que decirte nacidas, como todo lo demás, para no ser.

 

Bueno, creo que éste es un momento tan bueno como cualquier otro para dejar de escribir. Total, me explico fatal cuando estoy llorando.

 


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