yuvia: (Eternoresplandor)
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Dos relatos, Doctor Who y Press gang (no me gusta lo de La pandilla plumilla, pero, eso) Aunque, ambos pueden leerse sin saber nada de las series... salvo que el Doctor es un señor del tiempo y Spike es bueno escribiendo.
Todos los públicos.


El Doctor y Rose no me pertenecen, Russel T. Davies, BBC y otros. Sólo los tomo prestados, siempre con intención de devolverlos algún día. Y lo hago de gratis.
Sin spoilers. Digamos que situado muy al principio, poco después de conocerse.

-¡Doctor! ¿Qué...?
Le pilla por sorpresa. Rose iba hacia la cocina de la TARDIS, aún en pijama, dispuesta a tomarse un desayuno de los que hacen historia cuando, de pronto, el Doctor aparece de la nada, le sonríe y la abraza con todas sus fuerzas. Sin motivo, sin excusa.
Le pilla por sorpresa pero tampoco es que le resulte raro: Si hay algo que el Doctor hace sin necesidad de buscar motivo o excusa es sonreír y abrazar.
De hecho, lo hace constantemente.

A Rose le encanta eso. Le encanta.
Colgada de sus hombros, los brazos de él en su cintura mientras la levanta haciéndole dar un giro entre risas, piensa que le encanta demasiado.
Y se pone nerviosa, y le pregunta entre risas.
-¿Qué tienes tú con los abrazos? ¿Es un rollo de señor del tiempo o es un rollo tuyo?

-¿Abrazos? ¿Qué abrazos? Yo no tengo nada con los abrazos. ¿De qué estás hablando?, -le responde, como si realmente no tuviese ni idea de a qué se refiere.

Rose le mira divertida.
-Cosa de señor del tiempo, supongo. Nada. Olvídalo. Total... me parece bien.

-¡Todo el mundo se abraza! -dice él soltándola y separándose un par de pasos. -Los abrazos son buenos. Son... normales. Nada de especial. Son sanos.

-Todo sea por la salud entonces, -dice Rose abrazándole de nuevo.

Y él se da cuenta de que tiene razón: La abraza constantemente, la abraza más de lo que recuerda haber abrazado nunca a nadie. Y eso es mucho tiempo y muchos seres.
No sabe por qué, tampoco se lo había planteado. Simplemente surge, ocurre, lo siente y lo hace.

Rose se aleja por el pasillo diciendo algo sobre salud, desayunos y comidas más importantes del día.

-Rose, - la llama antes de que desaparezca tras una esquina. Para decírselo. Para decirle que no es cosa de señores del tiempo y tampoco cosa suya. Para decirle que es algo que ha empezado al conocerla a ella.

Ella se vuelve sonriendo.
-¿Qué? ¿Que quieres otro abrazo?

“Siempre”, piensa él. “Desde que te conozco, siempre”.
-Pero, ¡es que son sanos! Aumentan la autoestima y todo, ¿sabes? Hay estudios que lo demuestran, en diversas especies, en diversas culturas, es un hecho universalmente probado que los abrazos mejoran la autoestima y son buenos para la salud.

Rose corre hacia él y le da un rápido abrazo, decidida a que sea el último antes del desayuno.
-Falta de autoestima, claro. Eso sí que lo explica todo, -dice entre risas, alejándose de nuevo.

Por supuesto que no es falta de autoestima, ni un rollo de señor del tiempo, ni una costumbre suya.
Es ella. Es Rose. Surge. Lo siente, lo hace.
No necesita excusas. Es como si sobrasen los motivos.
Siempre quiere un abrazo. Desde que la conoce, siempre.

Spike y Lynda no me pertenecen, Steven Moffat, Bill Moffat, ITV. Reconozco sus derechos de autor y no cobro por escribirles.
Sin spoilers digamos, porque daría igual (y porque dudo que nadie esté a medio ver esta serie)

La primera vez que besó a Lynda sintió que tenía magia en las manos, que el beso le había llenado de magia y podía encender las farolas con sólo chasquear los dedos, abrir las puertas, entrar en otro mundo.
La segunda vez que besó a Lynda sintió que se le deshacían los pies, que iba a caer desplomado sobre el suelo del pasillo y quedarse ahí para siempre. Sus amigos pasarían junto a él, con cuidado de no pisarle, podría oírles decir: “Ahí está la prueba de que Spike se derretía por Lynda. No, en serio: Mira. Se quedó derretido en el suelo tras su segundo beso. Una pena, chico. Con lo divertido que era verle ir detrás de ella.”

Pero, tras besarla unas cuantas veces, tras unos cuantos choques de nariz y lápices que ella olvidaba quitarse de la boca antes de besarle y tropiezos y risas y nervios en exceso, besar a Lynda era sólo besar a Lynda.
Era deshacerse por dentro y sentir la magia alrededor y, sobre todo, muy por encima de todo, ver la mirada de Lynda después, su sonrisa preciosa y tan difícil de lograr. Y saber, saber que ella también, escuchar de vez en cuando ese tonto y avergonzado: “Me tiemblan las rodillas al besarte, Spike.”
Temblor, en rodillas en caderas, en el estómago, en las manos, la cabeza. Magia entrando en la realidad; y darse cuenta con frustración de que las palabras no se le daban tan bien como pensaba. Porque no encontraba manera de llamar a aquello que sentía al besar a Lynda.
Sólo era “Besar a Lynda”. Como un título demasiado pequeño para una historia inmensa que cabía en cada beso, pero nunca encontraría las palabras para describir.
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